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Aquí, en esta Hondura entrañable, se escribe la historia
Para mi Luna que, tan pequeñita como es,
ya pregunta y entiende cómo duele la Patria.
En este lugar tan hondo de la Ámerica herida
corre el llanto y el sudor confundiéndose sobre la marcha;
un sabor amargo a lágrimas se desliza desde el cielo
lloviendo en testimonio fijo de tinta sobre paredes.
Aquí se escribe la historia
con rostros de hambre, de rabia, de luto;
se escribe con brazos, con alma, con ideales,
con tinta firme, con puño claro, con paso lento,
con la ilusión de que algo mejor se gesta:
se escribe con el corazón de los mártires.
Aquí la muerte elige máscara en rostros bravos:
Isis Murillo, Pedro Magdiel , Roger Vallejo, Pablo Hernández….
Se manifiesta en medio de la gente, la abraza suave,
mientras disimula su huesuda fisonomía.
La muerte mimetizada en escopeta, en puño limpio, en culatazo,
transpirada en el humo de granadas y tanquetas que acorralan.
Y zumban. Zumban las balas cruzando el cielo antes limpito,
aniquilando toda estrella, toda luz, toda posibilidad.
La canción de la muerte hace esfuerzos por callarnos.
Y de nuevo vuelve la sed de sangre, de golpes.
La gente corre, grita y canta enardecida
un himno que ahora es doloroso, sentido,
lo cantan a pulmón vivo con el puño en alto
estrofa a estrofa, verso a verso, se invoca a los héroes, se recuerda historia.
En los distintos puntos cardinales de nuestra geografía
lo blanco se convierte en mugre, en color de cobardía,
cobijando el odio de los que no aprendieron a hacer otra cosa,
de los que disfrazan su deslealtad de amor constitucional.
Y el pueblo en las calles, resiste.
Agarrado del asfalto, de las piedras, del que va a la par,
del que pasa, del que queda, del que cayó en la camino
…de todo lo cuanto pueda agarrarse.
Porque sabe que tiene una posesión que nadie habrá de quitarle nunca:
la certeza milenaria de que nadie más es dueño de estas tierras.
Buenos Aires. Últimos días de Julio (y ojalá del golpe) de 2009
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